martes, 28 de junio de 2011

Mi primer día de verano (En el Valle de los Caídos)

Un viaje siempre lo guardas en la cámara de video, cámara fotográfica o en la memoria, siempre traes con ese viaje, una anécdota, una historia o muchas que contar. Dicho viaje, puede ser uno más (para mí no lo es) o estar marcado por algo muy relevante, como una visita a un lugar concreto, que hace que difiera de otros tantos viajes e historias. Porque no todos los días te llenas de historia. Porque no todos los viajes, tienen como meta principal, una de las la etapas más negras de España. Por eso, cada viaje es una experiencia única, aderezada de ingredientes con tintes amargos, divertidos, entrañables, sangrantes, fríos, inolvidables u olvidables. Es por eso, que viajar ensancha el alma, abre la mente y te la opción de crecer, recapacitar y no volver a cometer ciertos errores.

Mi primer día de verano, veintiuno de Junio de dos mil once, el primero de todos ustedes también. Será recordado por una visita a un lugar emblemático, histórico, con una vida oscura, manchada de sangre, sudor, lágrimas y dolor. Para muchos, paraje idílico, pero por sus vistas (que son imponentes y bellas), y por su significado y pasado, e incluso actualidad. Para otros, lugar maldito, merecedor de la destrucción y de no más humillación (¿acaso el español olvida de un día para otro?). Pero para gustos, colores, nunca mejor dicho.

La noche anterior al viaje, me llegaron señales del más allá (de uno de los nuevos canales de la sexta, en concreto). Pasaban ‘Un día de furia’ de Joel Schumacher y protagonizada por Michael Douglas. Pensé rápidamente, ¿seré mañana Bill Foster?, rebelándome de momento contra una ideología y hechos que marcarían un país. Y acabando la cinta de Schumacher, sin descanso, ni aliento que recuperar, en un afán de la Sexta por tenerme más que avisado. Emitieron ‘El Gran Dictador’ de Charles Chaplin y volví a pensar. No, esto si que no, no puedo mañana levantar la voz, clamar a mis fieles con el brazo levantado y desde lo más alto de esa mole de granito brillante, pedir una España mejor. Llevándome por delante las vidas que hagan falta. Cogí, apagué el televisor e ignoré a estos fantasmas que iban a dormir conmigo antes de partir. Espíritus de carne y hueso ataviados con sabanas blancas, que sabían perfectamente de mis movimientos el primer día de verano y del vuestro.

Y llegando el día, la hora de marchar. Nos montamos en el coche y emprendimos nuestro viaje al Valle de los Caídos. Antes de encaramarnos por lo que en un pasado era conocido o lo sigue siendo, Valle de Cuelgamuros y ver como siempre que he pasado por la AP-6, esa descomunal cruz de ciento cincuenta metros de altura, sobre lo que se conocía como el Risco de la Nava. Pasé, pasamos (mi hermano era mi compañero de batalla) por el aeropuerto de Barajas para dejar dos paquetes con forma humana. Tenían dos piernas, dos brazos, cabeza, rostro y voz. Cerebro, ya no lo estoy tan seguro. Se iban a tierras Mexicanas.

Nos despediremos y con mucha envidia (por lo menos yo), vuelvo al coche, enchufo el Gps del móvil y veo que son setenta kilómetros los que nos separan de aquél gran ‘foso’ lleno de vidas humanas, ahora muertas, y que en contra de su voluntad, supongo, quedaron allí sepultados para siempre, bajo un descomunal mantel de granito, que hiela, literalmente. Pero antes de adentrarnos en el bosque que nos conducirá hasta discutido, problemático y nuevamente, lugar de actualidad, haremos la parada obligatoria para comer, ‘orar’ y recapacitar sobre nuestras posibles reacciones al ver, estar y sentir lo que nuestras vidas van experimentar al posarse y adentrarse, en un lugar negro, pero a su vez, majestuoso, todo hay que decirlo.

Y sin la digestión aún hecha, por el sablazo que nos dio un restaurante de carretera de Guadarrama y por lo temprano de nuestro levantamiento de trincheras. Partimos, ya está todo hecho, dijimos, ahora sólo queda pasear, observar, guardar el aliento, pensar y hablar en voz bajita, por lo menos dentro de la Basílica (que manía). Nos avisan de que todo está cerrado, que sólo se sube para efectos religiosos (no digo lo que contestó mi hermano) y no dimos nuestro brazo a torcer y llegamos a una zona de aparcamiento, teóricamente, bajamos del coche y el primer “firmes” en forma de granito brillante convertido en gigantescas escaleras que nos llevarían hasta una placeta, explanada más grande aún, muy soleada, abandona, con vistas a la sierra madrileña muy confortables, y dejando a nuestras espaldas lo que sería nuestra entrada a la Basílica, la entrada al nacimiento de la falange, a la tumba del franquismo.

De la gran explanada que se abría a Madrid, su sierra y el resto del país. Llena de soledad, calor y un ambiente que ahogaba sin temor. Decidimos adentrarnos en la Basílica, en una gran cueva bajo una hermosa montaña rocosa formada en su totalidad, por granito. Un detector de metales nos avisaba de que no podíamos sacar recuerdos al exterior, salvo los guardados y recreados por un mismo, dentro de su memoria. Ya que ni el típico puesto de recordatorios existía ya (¿pero qué tipo de recordatorios habría?, me pregunté yo). Y pronto nos adentramos en ese gran túnel macizo, de una belleza desmesurada, pronto empezarían a escacharse mis piernas, cintura, impidiendo caminar libre y fácilmente, estomago, pecho, garganta, brazos, etc. Todo bajaba de temperatura según caminábamos hacia delante (¿Pues qué habrá, nos preguntábamos ingenuamente? Y de repente, los fantasmas de la noche anterior cobraron vida.

Cada paso, un fantasma más a nuestras espaldas. Angustias, Soledad, Piedad. Estos eran sus nombres, este era nuestro miedo interior. Y así, con un frío que cortaba al propio granito y dejaba las pinturas y estatuas desnudas por completo. Llegamos al lugar más sagrado (como dije antes, para unos), o al lugar donde más remordimientos, odio y venganza, puede existir (para otros). Una gran piedra gris con una cruz tallada y una tarrina de flores fresca sobre nuestros pies y sobre esa gran piedra de mármol, bajo el pie de la cruz, tallado el nombre de José Antonio. Mi hermano, de mismo nombre, se llevó la mano al pecho izquierdo y los ojos, como fuentes para la ensalada se le pusieron. Yo, cerré las vías respiratorias por un momento (con el peligro que eso conllevaba) para poder mantener en su temperatura idónea mis pulmones, corazón y sobre todo, mi cerebro, y que no me traicionara manifestándome con vocabulario obsceno que hirviera ese instante. El frío era aguantable, pero dolía mucho por momentos e, incluso, el vaho, se resquebrajaba en mil pedazos cuando salía rozando al exterior, nuestra alma.

Nos miramos a los ojos y continuamos nuestro camino, pero pararíamos enseguida. Nos encontramos con otra piedra de mismas características y ornamentos, pero esta vez el nombre era Francisco Franco. Mi hermano, la mano que le quedaba libre, al pecho izquierdo, los ojos, eso no eran ojos, más bien, primo hermanos del anillo de Saturno. Yo, si aguantaba más el aire fresco dentro de mí, podría, incluso, yacer allí mismo. Pero no quería llegar a eso. Quería contaros mi propia historia, deseaba redactar mi primer día de verano, y dejarlo guardado para siempre. Cada viaje es una historia y éste lleva una historia dentro de otra historia.

El silencio que allí mantuve, fue por esos esclavos que gratuitamente cavaron su propia tumba. Por todos aquellos que derramaron su sangre y sudor, sus ideas y pavor. El frío que pasé, fue por la humedad existente. Porque cuando viajas en el tiempo, siempre la temperatura baja a cotas de bajo cero. Porque no todos los días, como cuando estuve en Berlín, vives y te sientes parte de la historia, por buena o desagradable que sea.

sábado, 25 de junio de 2011

Nowhere Boy (2009)

Me considero Beatlemaniaco, pero también estaba yo poco enterado o nada, de la vida que hubo anterior a The Beatales y ahora que he visto “Nowhere Boy”, me viene muy bien como aperitivo para iniciar una interesante investigación. Pero dicho y escaso bocado, esta película en cuestión, la primera de Sam Taylor-Wood, es un cocktail pobre, insuficiente de sabor para llegar a una comida, con el estomago ya hecho. Con momentos crudos que te marcan para toda una vida, filmados sin esa fuerza que SE debiera. Sin transmitir lo que realmente siente el corazón de los protagonistas y no quitemos meritos a sus protagonistas, pero el guión está falto de muchos puntos e íes para poder considerarla una buena película. Es más bien, una cinta entretenida donde la música se engulle, literalmente, todo en el trabajo de Taylor-Wood. Jerry Lee Lewis, Elvis Presley o Screamin’ Jay Hawkins para que os hagáis una idea.

Nada, ni por el más mínimo asomo tenía yo conocimiento (acabo de mencionarlo, pero sigo la coletilla) de cómo arrancó su vida musical, sus primeros pasos dentro de ella, gustos, relaciones y su vida personal, principalmente, ya que esto último es el núcleo de esta historia. Y después de ver esta auto biografía, que acaba justo cuando parte hacia Hamburgo, instantes previos al nacimiento de la banda más influyente del rock, he de decir, que luchó y triunfó por lo que amaba.

Lennon y sus The Quarrymen, su primera banda que formaría junto a algunos de sus compañeros de colegio (Paul McCartney y George Harrison entre otros), grabarían el “That´ll be the day” de Buddy Holly o la compuesta por McCartney y Harrison, “In spite of all the danger”, momento por cierto; álgido, emotivo y delicioso cuando se ven grabando la pieza en cuestión. The Quarrymen tocarían en colegios, fiestas, cines y en concursos skiffle (música Folk influencia por el blues y el jazz). Lennon, alma de esta formación, debía tragarse (quien lo iba a decir) concierto tras concierto, los celos que sentía por sus propios compañeros al verlos tocar o cantar. Él, apuntaría muy alto, llegaría  a cotas inimaginables, pero por entonces, era un chico más que acaba de empezar en este mundo.

El joven John Lennon está peleado con su tía Mimi (su tutora legal) después de la muerte repentina de su tío George. Viéndose entre angustias y tristeza, John sale a buscar a su madre biológica Julia, y es deslumbrada por el impulsivo espíritu libre y su manera despreocupada de vivir (las experiencias que antes no pudo y ahora si que hace por vivirlas con su madre, son momentos emocionantes, divertidos, llenos de vida y los más interesantes). Ella le compra una guitarra y le anima a seguir sus sueños, presentándole al adolescente a Elvis. Julia oculta su tendencia a caer en una profunda depresión y el joven John se encontrará dividido entre las dos mujeres. Mientras esto sucede, hará amistad con un chico de su misma edad llamada Paul McCartney.

jueves, 16 de junio de 2011

Desesperación camuflada


Igual que se esconde un lagarto tras la maleza o la arena desértica, según su hábitat y seguramente, debido al peligro que le acecha. Hay lagartos de una piel preciosa, todo hay que decirlo. Me escondo yo, de la misma manera  me camuflo yo, pero tras la absoluta soledad que a veces me fluye por mis sistemas nerviosos, pegados (no sé bien que fijación tendrán) a mi cerebro. Sueñas con la soledad, deseas no camuflarte en ese estado y te llega. Te llega como la muerte un día irrumpirá en tu vida. Esa será la soledad malvada, insana y sin opción a cambios. Yo quiero otra soledad, una que me permita ver lo que sueño, lo que anhelo. Que me permita tocar, sentir, llorar y reír. Una soledad que no me tenga el cuerpo abrasado, como recién salido de la incineradora. Que no me haga ver las horas de la madrugada pasar, como la de los centinelas de la noche. Una soledad que juntará una vez más, mi noche con el día. La desesperación de no poder dormir con la incineración. No sueño con lagartos expertos en el arte japonés de desaparecer tras una nube de humo. No sueño con quemarme, ni con dejar de dormir para ver las horas pasar. Sueño, con un ático que desprende olor a Ángel, una dulce brisa y con la portadora de ese maravilloso perfume. Voy a ver si sueño, son las 01:42 de la madrugada del 16 de Junio de 2011.

lunes, 13 de junio de 2011

Un día en la playa, un día en la piscina.


Más allá de las olas sucias del mar, de sus algas que ni para revitalizar la piel sirven. De ese sol escandaloso, ardiente y de ideas maléficas. De tus pies en la orilla de ese mar. De tu piel bajo ese sol. De tus dulces curvas puestas al sol. De tus ideas, imposibles de quemar por esas desmedidas y perniciosas intenciones.

Aquí, bajo techo, agotado y alimentado de música desértica, la mejor opción para poder adentrarme en tu día de hoy. Escribo reclinado hacia la izquierda, piernas estiradas y la perra, reventada de su fiesta de la pasada noche, que quiere ser acariciada. Pero, sinceramente, sólo busco manosear la piel achicharrada.

Me gustaría, sueño, con compartir esas sucias olas del mar contigo. De taparte de micro partículas de tierra y refrigerar tu dulce y bello cuerpo; quemado, abrasado y expuesto al demonio del sol.

  allí y yo aquí, siempre es así. No importa sobre que sol te coloques, siempre estarás allí y yo aquí. Me adentro soñando una vez más, en el hermoso otoño y el venidero invierno. Y sólo deseo ser quemado por el frío y cortante sol del invierno.

Deseo que esa noche, tu estés aquí y yo aquí.

martes, 31 de mayo de 2011

¿Donde pasará Belén Esteban el fin del mundo?

El primer fin del mundo.....


Inundaciones, volcanes en erupción, tornados, terremotos…todos los días noticias de este tipo inundan nuestros periódicos, noticias y conversaciones. Ya no es Belén Esteban la reina de la tragedia, ahora son otros los “matados” por catástrofes naturales, y el rey de nuestras vidas es el miedo y ……las profecías.
Las hay de todas clases, maneras y formas, analizadas todas ellas en Salvame Deluxe hasta la saciedad, no podría morir mi madre sin apagar la luz de la cocina ni saber donde estará en ese momento preciso la princesa del pueblo, si en ambiciones o en Benidorm….por eso me he preguntado esta mañana, no por la siguiente profecía sino por la primera….. ¿Cuál seria el primer fin del mundo y como fue?

Y lo encontré, como no, ligado a la religión…

Basílica de San Pedro (Roma) el 31 de Diciembre de 999. Son las doce de la noche.

El papa Silvestre II se irguió hasta el altar mayor. La iglesia estaba a rebosar, y todos se habían arrodillado. El silencio era tan grande que se oía el roce de las mangas blancas del papa al moverse en torno al altar. Y hubo todavía otro ruido. Era un sonido que parecía medir los últimos minutos de los mil años de existencia de La Tierra desde la venida de Cristo. Resonaba en los oídos de los allí presentes como el latido en los oídos de quien tiene fiebre, con un ritmo sonoro, regular, incesante. La puerta de la sacristía estaba abierta, y lo que oían los asistentes era el tictac uniforme e ininterrumpido del gran reloj que colgaba dentro, con un latido por cada segundo que pasaba. El papa era un hombre de férreo poder de voluntad, tranquilo y concentrado. Probablemente había dejado adrede la puerta abierta de la sacristía, para lograr el mayor efecto en ese gran momento. No se movía ni le temblaban las manos.

Se había dicho la misa de medianoche, y reinó un silencio mortal. Los presentes esperaban… El papa Silvestre no dijo una palabra. Parecía sumergido en la oración, con las manos elevadas al cielo. El reloj seguía su tictac. Un largo suspiro se elevó del pueblo, pero no pasó nada. Como niños con miedo a la oscuridad, todos los que estaban en la iglesia yacían con el rostro en el suelo, y no se atrevían a levantar la mirada. Un sudor de miedo cubría muchas frentes heladas, y las rodillas y los pies perdieron toda sensibilidad. Entonces, de repente, ¡el reloj cesó en su tictac! Entre los asistentes empezó a formarse en muchas gargantas un grito de terror. Y, muertos de miedo, varios cuerpos cayeron pesadamente en el suelo frío de piedra. Entonces el reloj empezó a dar campanadas. Dio una, dos, tres, cuatro… Dio doce… La duodécima campanada resonó extinguiéndose en ecos, ¡y siguió reinando un silencio de muerte! Entonces el papa Silvestre se volvió en torno, y con la orgullosa sonrisa de un vencedor, extendió las manos en bendición sobre las cabezas de los que llenaban la iglesia. Y en ese mismo momento todas las campanas de las torres empezaron un alegre y jubiloso repique, y desde la galería del órgano empezó a sonar un coro de gozosas voces, jóvenes y mayores, un poco inseguras al principio, quizá, pero haciéndose más claras y firmes por momentos. Cantaban el Te Deum laudamus: “A ti, Dios, te alabamos”.

Todos los presentes unieron sus voces a las del coro. Pero pasó algún tiempo antes de que las espaldas en espasmo pudieran enderezarse, y la gente se recuperara del terrible espectáculo ofrecido por los que se habían muerto de miedo. Terminado de cantar el Te Deum, hombres y mujeres cayeron unos en brazos de otros, riendo y llorando e intercambiándose al beso de la paz. ¡Así terminó el año mil del nacimiento de Jesús!

De esta impresionante manera describe el historiador Frederick H. Martens, en "La Historia de la vida humana", lo que debió de pasar en aquella angustiosa noche en la que se creía, en toda Europa, que era la última noche, la que desencadenaba el temido fin del mundo.

El año 1000 ha sido descrito muchas veces como una época muy radical de temores apocalípticos y de sensaciones generalizadas de histeria. Pero al final los temores resultaron ser sólo fantasías. ¿Qué fue realmente lo que sucedió en el mundo en la nochevieja del año 999? ¿Hubo pánico o sólo fue una leyenda medieval?

Historiadores de aquella época mostraban el año 1000 como un año de locura general, de pánico y de fatalidades inminentes. Tan grande fue el fervor apocalíptico que, según reza la leyenda, en el tramo de la medianoche del 31 de Diciembre al 1 de enero de 1000, la población de todo un país -Islandia- se convertiría en masa al cristianismo.

Hubo muchos rumores pero nada se hizo público por temor a que los ciudadanos, histéricos ante un inminente Armagedón, vendieran sus posesiones y acabaran apiñándose en las iglesias orando por la salvación. No importa cuántos historiadores intentaran desbancar estos mitos, sin embargo, estas leyendas perduran hoy en día. Debido a que las fuentes sobre el año 1000 son limitadas y la información es escasa, es necesario apoyarse en el testimonio de algunos testigos, en general, políticos y dirigentes religiosos, y no siempre son las fuentes más confiables.

Otros historiadores, sin embargo, avivaron más las llamas de la duda. Como Charles B. Strozier, profesor de historia en el John Jay College, que escribió: “hay pruebas de que los monjes dejaron de copiar la Biblia, es decir, dejaron de realizar las actividades fundamentales que definen la vida monástica.“

Hay muchas más leyendas acerca del inminente apocalipsis del año 1000 como las narradas por el famoso y políglota Charles Berlitz:

“El año 999 se acercaba a su fin en una especie de histeria colectiva que se apoderó de Europa. Todas las formas de actividad se convirtieron en espectros de la fatalidad inminente… Los hombres se perdonaron sus deudas, maridos y mujeres confesaron sus infidelidades y se perdonaron mutuamente… El comercio entre pueblos y ciudades fue interrumpido en gran medida; las viviendas fueron descuidadas y se dejaron caer en la ruina, ya que el hecho de acumular riquezas podría ser tomado en su contra en el día del Juicio Final. Mendigos se alimentaban de los más afortunados, los culpables de los crímenes fueron liberados de la cárcel a pesar de que muchos querían permanecer en ella, llorando por su deseo de redimir sus pecados antes del final. Las iglesias, las puertas de los monasterios y conventos, y las grandes catedrales fueron constantemente asediadas por multitudes exigiendo la confesión y la absolución. Sacerdotes impartían absolución general, de día y de noche con multitud de personas que no podían entrar y estaban de pie fuera de las grandes puertas…Los peregrinos acudían a Jerusalén desde todos los puntos de Europa. Caballeros, burgueses de las ciudades e incluso siervos, todos viajaban juntos, muchos de ellos con sus esposas e hijos, viajaron hacia el este en grandes bandadas. Las diferencias de clase fueron olvidadas en un torrente de hermandad cristiana. Algunos marchaban bajo azotes de castigo por los pecados pasados, mientras que otros cantaban himnos y salmos….

Cuando llegó Diciembre, la psicosis y el fanatismo se apoderó de las masas, surgiendo el lado oscuro de la naturaleza humana. Hubo una ola de suicidios de personas que trataban de castigarse a sí mismos antes del final o simplemente no podían soportar la presión de esperar a que llegara el Día del Juicio.

Llegó la Navidad, tal vez la última Navidad del mundo, quien sabe, con un torrente de piedad y de amor. Familias y amantes renovaban sus lazos de amor en las últimas horas. Los animales de granja fueron liberados por sus propietarios preparándolos para la muerte y la sentencia definitiva. Las panaderías y tiendas de alimentos, regalaron sus bienes y negaron las monedas de quién quería pagar… En las cálidas tierras de Italia, España y Sur de Francia a los enfermos y los moribundos en los hospitales y conventos se las sacó a la luz del día para que pudieran ver personalmente a Cristo descendiendo de los cielos.

Después de la Navidad todo cambió, de una forma más cínica y menos crédulos, se comenzó una “cuenta atrás” en serio.

Claro está, al final llegó la medianoche y no pasó nada de nada. Sería muy interesante saber lo que realmente ocurrió y si ocurrió algo realmente.

Los únicos pilares de todas las religiones es el miedo. Miedo a la muerte, enfermedad, sufrimiento, soledad, fracaso, hambre, abandono, etc. Miedo, miedo y sólo miedo por todos lados… cultivo de “dioses” y… oportunistas.

Al final toda persona termina presa de sus propios fanatismos, justo lo contrario de lo que era de esperar.
El miedo es necesario en la gente, pues esto, entre otras cosas, nos hace prudentes. Pero al ser mal conducido, desde dentro o desde fuera, se convierte en un “sin vivir”.

No tiene ninguna lógica vivir con miedo a supuestos dioses a los que hay que rendir tributo de constante, sólo para satisfacción personal de sentirse dignos de ser admitidos en este credo, sin beneficio alguno. Credo que nadie puede demostrar, sencillamente por ser indemostrable como todas las cosas que no existen. Sin embargo sí existen para los defensores de estas creencias, hasta el punto de sacrificarse para demostrar al resto del mundo que lo que ellos han defendido era “cierto”. Sí, con su sacrificio demuestran algo muy importante, que no tiene nada que ver con lo que pretendían: demuestran la inexistencia de lo que defendían, aunque mueran convencidos de lo contrario.

La supuesta histeria colectiva delante de una fecha de un calendario por interpretarla como fin del “mundo” sólo demuestra la incapacidad mental de unas personas que no se han planteado ni un sólo momento la situación. Miedo, miedo y… promesas de perdones, vida eterna y maravillas de toda índole para aquellos que hagan lo que les mande… ¿Quién? ¿Un elegido? Que bueno y… ¿El elegido también muere? Si así fuere no es más que un mortal vulgar y corriente como todos los demás por muchas túnicas de colorines que adornen su cuerpo, tocados en la cabeza, pulseras, anillos, etc.

¿Para qué preocuparse por una exterminación total del humano, si de todas formas vamos a morir con o sin compañía?

De todos modos, sea verdad o sean leyendas es curioso ver como el hombre puede actuar ante lo desconocido, ante el miedo a no saber qué puede suceder en un determinado momento.

porque somos un cúmulo de sorpresas…


Fuentes "Historias de la Historia"
                JaimeBlanco
               "Historia de la vida humana"

miércoles, 25 de mayo de 2011

Una Judía americána perdida en París - Sarah Glidden (2011)

En la estela de 'Maus' y 'Persépolis', Sarah Glidden cuenta en la novela gráfica 'Una judía americana perdida en Israel' un viaje emocional a sus raíces 

Vivimos tiempos de cómics autobiográficos y de reportajes periodísticos en viñetas. Cada vez más, la realidad y los grandes acontecimientos históricos invaden el mundo del noveno arte. Como en toda moda, el exceso ha provocado que ya se acumulen en las librerías decenas de tomos plomizos que empobrecen el lenguaje del cómic al convertirlo en una aburridísima herramienta de divulgación. Por suerte, algunas obras escapan de esa trampa y seducen, entre otros méritos, por su honradez y por culminar con éxito un reto ambicioso. La excelente novela gráfica Una judía americana perdida en Israel (Norma), de Sarah Glidden (Boston, Estados Unidos, 1980), pertenece sin duda al bando de los aciertos. Su autora demuestra que tiene bien aprendida la lección de clásicos contemporáneos y pioneros como Maus, de Art Spiegelman; Persépolis, de Marjane Satrapi; los reportajes de Joe Sacco o los cuadernos viajeros de Guy Delisle.

La autora descubrió la complejidad de la situación en Oriente Medio
"Es el relato de una persona curiosa, no un ejercicio de periodismo", afirma
En su aplaudido debut, que le valió el premio Ignatz al mejor nuevo talento, Glidden nos brinda unas memorias que relatan uno de los episodios que más le han marcado. Se trata de un viaje que realizó a Israel en 2007 acogiéndose al programa Derecho de Nacimiento, iniciativa de una fundación israelí que pagaba a jóvenes judíos de todo el mundo una visita al país. La autora, que pertenece a una familia secular, decidió apuntarse con la intención de indagar en su identidad y para intentar aclarar sus dudas sobre el conflicto entre Israel y Palestina. Su temor inicial era caer en una especie de lavado de cerebro a golpe de propaganda que le alejara de sus convicciones propalestinas.
Una vez en el terreno, Glidden no cambió de ideas, pero considera que la experiencia le permitió equilibrar sus opiniones. "Para ser sincera, lo único que se puede hacer es constatar la enorme complejidad del conflicto. Es algo mucho más complejo que la imagen que dan del mismo los grandes medios de comunicación, que lo han convertido en un espectáculo. No se trata de un juego en el que haya buenos y malos. Tras el viaje entendí que era imposible extraer una conclusión. Además, dar por concluido un punto de vista te cierra las puertas a seguir aprendiendo", defiende Glidden, que desdobla su relato en un doble viaje, uno por los paisajes de Israel y otro puramente introspectivo, pero de gran carga emocional.

Con un dibujo sencillo, la autora aprovecha las paradas de la visita turística para repasar la historia del Estado israelí y las raíces del pueblo judío, con episodios que van desde las arcanas disputas por la ciudad de Jaffa hasta los sueños sionistas de Ben Gurión (en el fondo, otro viaje más). Lógicamente, las páginas de Una judía americana perdida en Israel también están llenas de detalles de la vida cotidiana del país y de las dudas identitarias que asaltan continuamente a la autora. "No se trata de un ejercicio de periodismo. Son unas memorias, no me gustaría nada que el lector pensara que le estoy dando una lección de Historia. Para la divulgación ya están los expertos y los libros de texto. Éste es simplemente el relato de una persona curiosa, de alguien que utiliza el medio de los cómics para mostrar la subjetividad", señala la autora, que en sus nuevos trabajos sí se decantará más por el género periodístico.

No es la primera vez que Glidden, actualmente instalada en Brooklyn, visita España. De alma viajera, en 2004 pasó un tiempo en Barcelona al "autoexiliarse" de Estados Unidos por la Guerra de Irak (recaló aquí por una imagen idealizada y romántica de la "España socialista" de Zapatero, explica). Eso sí, cambiando de registro, si viviera en un cuento de hadas, le tocaría el papel de Cenicienta, porque no todos pueden debutar publicando en una de las grandes editoriales de Estados Unidos, DC Comics (la casa de Batman y Superman), que lanzó esta novela gráfica con el sello Vértigo, su línea dedicada al público adulto. Hasta entonces, Glidden se dedicaba a autoeditarse sus propios minicomics y decidió llevar una muestra de su trabajo a una convención en Nueva York. Fue allí donde un representante de DC vio algunos capítulos de la obra, suficientes para apostar por una novel. "No es algo muy habitual, porque en Estados Unidos hay muchos autores de cómics y es difícil que alguien sin experiencia cuente con ese apoyo. Tomó un gran riesgo al darme una oportunidad". Y eso es precisamente lo que más falta hace: nuevas voces para escapar de la marisma de tanta y tanta reedición lujosa de cosas muy sabidas.

Fuente: El país

Sarah Glidden

Formato: Cartoné

Nº páginas: 208pags.

PVP: 19,50€

Para comprar,  pinchar aquí

martes, 17 de mayo de 2011

Saltar el muro - Maximilien le Roy (2011)

Mahmoud es como todos los prisioneros: como no puede viajar al exterior de los muros que le aprisionan, vagabundea por su propio interior. Ebrio de sueños y de ideas, utiliza cada rincón de su corazón y de su alma para hacer errar a su memoria. Durante horas, habla consigo mismo, contándose una y otra vez la historia que ha hecho de él lo que es ahora: un refugiado palestino, recluido tras un muro de hormigón alambrado, a la sombra de los puestos de vigilancia. A veces, los prisioneros reciben visitas. Mahmoud se muestra especialmente sensible a las de las hermosas extranjeras, pero también abre la puerta a algún visitante masculino, como el joven francés que dibuja y sabe mirar y escuchar. Mahmoud también dibuja: con sus lápices, atrapa instantáneas de una libertad inaccesible. Tienen otras cosas en común, además del dibujo: les gusta charlar hasta quedarse sin aliento y recrear el mundo con palabras. Como muchos otros libros bellos, Saltar el muro nace de un bello encuentro. Maximilien Le Roy y Mahmoud Abu Srour tenían sólo 22 años cuando se conocieron y se reconocieron. No son mucho mayores ahora, y eso es lo que más sorprende, la juventud del autor y de su personaje, y el evidente mimetismo entre ellos. Porque, ¿es realmente Maximilien Le Roy el autor de este libro? Casi cabe la duda, por la generosidad de las palabras que dedica a su amigo. El talento del uno queda al servicio del relato del otro. Y si todo suena tan fácil es porque es así de sencillo imaginárselos a los dos, terminando uno la frase del otro, retocando el bosquejo, precisando el trazo.

Vamos, que salió en Marzo, pero me he enterado ahora. A pillarselo en cuanto mismo se pueda.

Saltar el muro, de Maximilien Le Roy
Rústica con solapas.
17 x 24 cm.
104 págs.
Color.
14 €

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